Especial 19 de febrero
POR PUTO Y CAGÓN

POR PUTO Y CAGÓN

El lenguaje machista que monopoliza el relato del fútbol

Una buena manera de analizar las características de la manera de contar y vivir el fútbol en nuestro país es poniendo el foco en lo que el escritor Umberto Eco llama: campo semántico o temático. Este formaliza las unidades de una cultura determinada. El lenguaje futbolero está lleno de frases violentas que preanuncian la violencia, que se termina concretando alrededor de ese deporte. Las palabras están naturalizadas e incorporadas al lenguaje habitual. 

El campo semántico también constituye porciones de la visión del mundo propia de aquella cultura. En este caso analizado, la cultura sería la futbolera dominada por la hombría y la figura construida del hombre o el macho, que a su vez se adueña del juego en sí. El sociólogo Pablo Alabarces en su libro Héroes, machos y patriotas marca que “en el ritual futbolero no solo está en juego la gloria de determinado equipo, sino que está en juego también la condición sexual de los hinchas”. Y siempre el que gana es el macho. Y el que pierde es “puto y cagón”, como decía la bandera exhibida por La 12 en el primer Superclásico jugado en la Bombonera tras el descenso de River. 

El patrimonio de conocimientos de la ideología está estructurado en campos semánticos. El ejemplo de la bandera nombrada anteriormente sería un hecho repudiado, si esa ideología que representa no fuera hegemónica y dominante dentro de la cultura donde ocurre

En el libro de Umberto Eco “La estructura ausente” hay una parte dedicada a la “Retórica (el arte de persuadir) e Ideología” El autor afirma que una determinada manera de usar un lenguaje se identifica con determinada manera de pensar la sociedad. Si usas el puto como insulto, consciente o inconscientemente, estas eligiendo una determinada visión del mundo, que tiene como consecuencia que existan muy poquitos casos de futbolistas profesionales que se hayan reconocido como homosexuales estando en actividad.

El primero fue el inglés, de madre y padre nigerianxs, Justin Fashanu que fue dado en adopción de muy chico, junto con su hermano John. Lo compró el Nottingham Forest en 1981 por un millón de libras, tras meter el mejor gol de la liga de Inglaterra jugando para el Norwich. Tuvo roces y peleas con el entrenador Brian Clough, que le recriminaba que vaya a discotecas para gays. 

Luego de eso comenzó con problemas de lesiones y estuvo 2 años sin jugar. Lo volvió a hacer en Tercera División a los 29 años y en ese momento salió en la tapa del diario The Sun diciendo: “Soy gay”. Así, se transformó en el primer jugador profesional en salir del clóset. Su hermano, también futbolista de Primera, le ofreció 100 mil dólares para que no lo haga público. Tras la tapa de The Sun declaró en televisión que no se cambiaría en un vestuario al lado de su hermano Justin y cortó relaciones con él.

Fashanu sufrió discriminación y burlas televisivas. Ya retirado, encontró en Estados Unidos un lugar para ser técnico juvenil. Cuando las autoridades del club supieron que era homosexual vino el final.  A Justin le llegó una denuncia por agresión sexual de un joven de 17 años. La denuncia fue archivada a los pocos meses por falta de pruebas. El ex futbolista no llegó a esa instancia. Cansado de tanto sufrimiento volvió a Inglaterra y se ahorcó en un garaje. Tenía 37 años. Su historia está contada en el documental Forbidden games, que en español significa “Juegos prohibidos”.

Otro caso, es el del por entonces futbolista de la selección de Estados Unidos Robbie Rogers. En febrero de 2003 anunció que era homosexual, segundos antes de comunicar que se retiraba del fútbol a los 26 años. Luego el club Los Ángeles Galaxy lo convenció de seguir y jugó 4 años más, para ahí sí colgar los botines.

El relato del fútbol está lleno de construcciones míticas que naturalizan los procesos históricos que cuanto más se propagan, más se naturalizan. Roland Barthes en su libro “Mitologías” dice que los mitos reproducen los privilegios de clase de la burguesía y los transforman en intereses generales y eternos de la humanidad. En la cultura futbolera estos privilegios de clase, favorecidos por los mitos, pertenecen al hombre heterosexual. Las disidencias sexuales, en lo que al relato se refiere, son vistas como invasoras que vienen a romper con un esquema consolidado y se las invisibiliza o prohíbe.

Estos privilegios de clase se ven en el siguiente ejemplo. Un hombre heterosexual que no le gusta el fútbol puede ir a un estadio a ver un partido de fútbol masculino con su pareja y la puede besar naturalmente sin que ocurra nada. Una persona homosexual que le gusta el fútbol y va con su pareja a la cancha, no le puede dar un beso en público sin que llame la atención. Barthes repite en su obra que los mitos inmovilizan la naturaleza y el mundo.

En el caso de la bandera de Boca, se convierte en ley biológica que el “puto” sea un insulto con connotación negativa y no una elección sexual. Las palabras son elegidas, nunca son neutras, y están cargadas de una de las 9 formas de connotación que plantea Eco, que es la ideológica. Esta pone a prueba la unidad cultural.

Antes de explicar qué es Unidad Cultural hay que hablar del concepto sin referente, también de Eco. Referente es el objeto nombrado del símbolo dentro del significado. Existen términos sin referente real, perceptible con los sentidos, pero en las culturas existen códigos para que un término sea entendido. Puto es un concepto sin referente. No denota determinado objeto sino determinada unidad cultural y en la cultura en la que se vive las cosas las conocemos por medio de las unidades culturales.

Para graficar mejor este punto van los siguientes ejemplos de cómo “puto” adquiere distintos significados en otros países del continente. En Paraguay y en Argentina el puto tiene la misma tendencia homofóbica, ya que se usa con connotación negativa respecto a un hombre homosexual. En Nicaragua es alguien que ofrece sus servicios sexuales. En Cuba, Guatemala, Venezuela, El Salvador, Perú, Puerto Rico y Honduras puto es un mujeriego e infiel.

El filólogo alemán Viktor Klemperer solía decir que si no desaparecía el lenguaje del nazismo nunca desaparecerá el nazismo. Lo mismo corre para el machismo, que tiene domicilio en Argentina en la cultura futbolera. Esta le brinda casa, comida y coche para asegurarle su alcance nacional.


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Escribe / Ilustra

  • Editor en la página Lástima a Nadie Maestro, donde también escribe notas y hace podcasts. Uno de los autores del libro Crónicas Maradonianas. Integrante de las transmisiones del Fútbol de Banfield en AM 1550. Trabajó en la sección Deportes de El Destape.

  • Integrante del colectivo DALE! Estudiante de Diseño de Imagen y Sonido (DIyS) en la Universidad de Buenos Aires (UBA)